De forma inevitable, algunas mañanas recuerdo, el olor del café recién hecho, los huevos y el jamón, el pan tostado, mi tazón... tu paz y tu sonrisa, tu verdadero amor.
Recuerdo el bien que me hacías, lo bien que me sentía.
Sin embargo, para que no se caigan los estantes... para que no se levante un viento arremolinado en la cocina y la sala, que arranque las cortinas, que rompa los critales... que todo se haga furia, destrucción, masacre... para eso debo recordar lo triste que me hacías, lo poco que me entendías, la falta de abrazos, los silencios largos, mis ojos llorando, mi garganta rota, el tremendo vacío.
Entonces puedo abrir la nevera, darle de comer a la gata, prepararme el desayuno después de fumarme un cigarro... puedo respirar, puedo dar dos pasos, puedo salir de casa, puedo sonreir, puedo hacer mi trabajo, puedo volver a casa, puedo acostarme... puedo seguir.